lunes, 28 de noviembre de 2011

“EL HERBOLARIO”

    

Querido amigo, me gusta mucho como describes tu paseo del domingo, por un momento has conseguido transportarme allí. A mí también me gustan ese tipo de barrios, los barrios del Madrid antiguo.

Calles estrechas y poco soleadas, y en cada una de ellas, una historia que contar. Vidas muy distintas habitando en sus casas, casas, que a pesar de los años, aun conservan su encanto de antaño. Y esas pequeñas tiendas de barrio, de las que, desgraciadamente, quedan ya pocas. Eran tiendas de las que abrían todos los días, y en las que podías encontrar de todo.

Te leo, y vienen a mi memoria recuerdos de cuando era pequeña e íbamos, mis hermanos y yo, con mis padres, a visitar a una tía que vivía en pleno centro de la ciudad, y de cómo nos gustaba recorrer las tiendas del barrio.

Recuerdo especialmente, un pequeño herbolario que había al lado de la casa de mi tía. La puerta de entrada era de madera con unas hojas de parra labradas, y con cristales de colores a modo de vidriera. Al entrar, sonaba en lo alto de la puerta una campanilla que asemejaba el sonido de trocitos de espejo rotos. Los techos eran muy altos, y las paredes con estanterías repletas de botes de cristal y de cerámica, donde, en cada uno de los recipientes, podía leerse cosas que nunca entendí.

El suelo era de tarima y me hacía gracia oírlo crujir al andar, crujía tanto que pereciera romperse. Tenía un mostrador enorme de madera de roble macizo, el cual había sido barnizado muchas veces, y con los cantos mordisqueados, recuerdo que me gustaba meter el dedito entre las ranuras. El olor de la tienda era embriagador, un olor entre madera, especias, hierbas y humedad, y me gustaba tanto que, no paraba de inhalarlo una y otra vez. Una sinfonía de olores y colores a mi alrededor que me hechizaba...

El olor penetrante del curry y el clavo, el rojo intenso del pimentón y el azafrán, el dulzor del anís y la canela, la sutileza del laurel y la menta, el té, la manzanilla, la pimienta, los cominos...

Habia tanta mezcla en el ambiente, que mis sentidos se volvían locos, ya no sabía si lo que veía y olía, lo había probado o tocado, incluso el oído se agudizaba con el chasquido de la madera que envolvía toda la tienda.

El matrimonio que lo regentaba era mayor, y parecía no tener nunca prisa, te podían contar su vida en un momento, y si entrabas allí, tenías que hacerlo con tiempo, la norma de la casa era que ibas para quedarte a charlar, después ya te despacharían y, cuando ya te ibas, siempre te decían: “Espera un poco, ¿qué prisa tienes?”

Han pasado muchos años desde aquello, pero cuando pienso en ello, aun puedo sentirlo. Aquella tienda me fascinaba, era como estar en otro mundo, allí se disparaban mis fantasías, y dentro de ella pareciera que se parara el tiempo.

Con los años, y ya mayor, pasé por el lugar donde estaba el herbolario y me sorprendió ver que seguía allí, desafiando al tiempo y a los edificios modernos que tenía a su alrededor. No pude resistirme y entré, y me alegré al ver que no había cambiado mucho, y que seguía conservando toda su magia.

Por un instante, hice un repaso mental de todas las sensaciones que allí había vivido, y entonces me di cuenta de que, los techos no eran tan altos, el mostrador no era tan grande, y de que por fin entendí lo que estaba escrito en los frascos, era latín... 

© Mabel.

Artículo publicado en: HISTOREO
Revista Cultural de Libre Pensamiento



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