Íbamos a experimentar, de una modesta forma, lo que pueden llegar a sentir las aves, lo que significa volar, volar sin alas, pero volar, y la impresión que supone dejar el suelo bajo tus pies y acercarte poco a poco al cielo.
Después de una cuidadosa preparación, en la que colaboramos activamente, una gigantesca lengua de fuego calentó las tripas de nuestro “monstruo” y lo fue haciendo cada vez más grande, y más grande... y desde lo más alto, mirándonos arrogante, nos aguardaba erguido, se podría decir que hasta orgulloso, porque lo que nos tenía preparado era todo un enigma para nosotros, y tan sólo él sabía la respuesta.
Una vez arriba, y superados los primeros temores, nos fuimos integrando y nos dejamos llevar por el viento, allí mandaba él, estás a su antojo, es el dueño y señor de tu destino. Como si flotaras dentro de una pompa de jabón, te das cuenta de lo grande y de lo pequeño que puedes llegar a ser... Cuando llevas ya un tiempo volando, no puedes dejar de pensar que, algo que empezó principalmente como una antigua forma de viajar, se haya convertido en una actividad mágica, ¡Ay, si levantaran la cabeza los hermanos Mongolfier...!
Cuando hubimos alcanzado la altura en la que algunos detalles del suelo casi desaparecen, daba la impresión de que podías rozar las nubes con las manos, y de que fueras montado en una de ellas. A medida que nos movíamos, la silueta de la ciudad era cambiante, y la perspectiva de las cosas muy distinta. A todo esto se le podría poner una maravillosa banda sonora: la calma..., la paz... El silencio a veces era tal, que lo único que lo rompía era algún suspiro, algún que otro nervio contenido, o el bufido inconstante de la lengua de fuego. Allí arriba los problemas eran mucho más pequeños o, simplemente, parecían dejar de existir. Por un instante te olvidabas de todo. Al igual que el globo era conducido por el viento, tu imaginación volaba con él.
Pero, el momento más inquietante y a la vez más extraordinario, fue cuando comenzamos a bajar a tierra firme, cuando nuestro “monstruo”, ya convertido en “amigo”, desciende poco a poco y a su paso va rozando suavemente los sembrados, y se escucha una misteriosa mezcla de sonidos: una especie de silbido, de susurro, de crujido, de rumor, de murmullo, es como si esa fuera la manera en la que un ente nos diera la bienvenida y nos felicitara por nuestra hazaña conseguida.
Cada uno de nosotros bajó con una luz especial en la cara, irradiaba una enigmática energía, tenía un asombroso brillo en los ojos y un latir de vitalidad. Volar es un verdadero disfrute de la vida, un placer, un gozar, un vibrar, una deliciosa experiencia, una emoción constante que hace que casi ni parpadees.
Sin duda, lo que allí experimentamos, se quedará grabado en nuestra memoria, para toda la vida, y podremos decir orgullosos: “Yo volé rozando las nubes...”
Publicado en: HISTOREO
Revista Cultural de Libre Pensamiento
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