Ya lo hacían los antiguos mercaderes, aunque no eran viajes de placer, eran para vender sus mercancías. Sorteaban desiertos, mares, montañas y mil y un peligros que les acechaban por el camino. Tenían sus rutas trazadas, rutas, que aun ahora, se recuerdan. No solo repartieron sus productos por todo el mundo, también sus conocimientos y su cultura.
En la actualidad, los viajes son más cómodos y rápidos y, los destinos tan variados, que se puede recorrer el mundo de punta a punta, tan solo hace falta algo difícil de tener, pero no imposible: Tiempo y dinero.
Viajar por placer, por vacaciones, una pequeña escapada de puente o fin de semana, cualquier momento es bueno para conocer otros lugares y empaparnos de su belleza y de su historia. No importa si es a un gran destino o a un lugar sencillo, lo importante es abrir tu mente, saber contemplar, disfrutar y tener sensibilidad para valorar las pequeñas pero grandes cosas. En cada lugar podemos saciar nuestra sed de aventura y dar rienda suelta a nuestra pasión por viajar.
Unas veces buscaremos un escondite donde hablarle a nuestro corazón, otras un lugar para la pereza donde reencontrarnos con nosotros mismos y enriquecer nuestra alma, y otras veces buscaremos el bullicio, la fiesta, la gente, el ruido...
Cada uno de nuestros viajes estimula nuestra vida, renueva nuestro ánimo y nos coloca una gran sonrisa. Viajar es un verdadero deleite y la mayoría de las veces decimos que ojalá no se acabara nunca, pero al llegar a nuestro hogar nuestra frase más popular seguro que es: “¡QUÉ BIEN SE ESTÁ EN CASA!”.
Publicado en: HISTOREO
Revista Cultural de Libre Pensamiento
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